jueves, 5 de septiembre de 2013

Carta de Mario Vargas Llosa a Alan García luego de la matanza de El Fronton

"Montaña de cadáveres"

A propósito de la polémica decisión del TC sobre caso El Frontón traemos a la memoria la carta abierta que en 1986 Mario Vargas Llosa dirigió a Alan García al respecto


Entre el 18 y el 19 de junio de 1986, el expenal de El Frontón fue el escenario de una cruenta batalla que terminó con la vida de 133 presos en medio de lo que se ha considerado el asesinato masivo más grande durante la lucha contrasubversiva de la década de los años 80. El hecho nunca fue del todo aclarado y muchos de los considerados responsables tampoco fueron juzgados.  
El último martes el Tribunal Constitucional emitió un polémico fallo en el que concluye que este caso no supuso un delito de lesa humanidad, decisión que ha generado más de una crítica, sobre todo teniendo en cuenta la reconocida 'convicción aprista' del magistrado Fernando Calle, miembro del tribunal. 
Ya que el tema vuelve a las primeras planas, recordemos la carta abierta del escritor Mario Vargas Llosa al entonces presidente Alan García, dos días después de producidos los hechos.
Lo dicho por el Nobel de Literatura puede hacernos reflexionar lo que realmente supuso una lección de nuestra historia, que nunca debió ocurrir.

Carta abierta a Alan García
"La única vez que conversamos -aquella noche en casa de Mañé- nos tratamos de tú, pero en esta carta voy a usar el usted,para hacer evidente que me dirijo al jefe de Estado de mi país, elevado a ese alto cargo por el voto mayoritario de los peruanos y que encarna al sistema democrático que tenemos desde 1980. Quiero reflexionar ante usted sobre la montaña de cadáveres que ha quedado luego de que las Fuerzas Armadas retomaron los tres penales de Lima, amotinados por obra de los terroristas.
Digo "montaña de cadáveres" porque no sé cuántos son. Pienso que usted tampoco lo sabe y que la cifra exacta la ignoran, incluso, los oficiales que dirigieron el asalto a las cárceles, y que ella nunca se sabrá. ¿Trescientos, cuatrocientos? En todo caso, una cifra atroz que nos obliga a usted, a mí, y a todos los peruanos que queremos unas formas de vida civilizadas para nuestro país, a preguntarnos si una matanza semejante era necesaria para preservar este sistema democrático gracias al cual ocupa usted ahora el Palacio de Gobierno.
Mi opinión es que no era necesaria y que hubiera podido y debido ser evitada. También, que esos cientos de cadáveres en lugar de consolidar nuestro sistema democrático lo debilitan y que, en vez de significar un golpe de muerte a la subversión y al terrorismo, tendrá el efecto de una poda de la que rebrotarán, multiplicados, el fanatismo y los crímenes de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.
Desde luego que usted tiene la obligación de defender el orden democrático y de combatir, con las armas de la ley, a quienes quieren acabar con él a sangre y fuego. Pero lo sucedido en El Frontón, Lurigancho y la cárcel de Santa Bárbara -sobre todo en los dos primeros- muestra una desproporción tal entre el riesgo que los motines planteaban a la democracia y la manera de conjurarlo que resulta moral y legalmente injustificable.
Usted y yo sabemos, de sobra, las crueldades y las ignominias sin nombre que vienen cometiendo en nuestro país los terroristas. Pero sabemos, también, que lo que da superioridad moral y legitimidad a un gobierno representativo frente a quienes se creen autorizados a matar, dinamitar o secuestrar en nombre de un ideal, es que los métodos de aquél y de éstos son esencialmente distintos.La manera como se ha reprimido estos motines sugieren más un arreglo de cuentas con el enemigo que una operación cuyo objetivo era restablecer el orden.
Las consecuencias de esta matanza son incalculables. Lo más doloroso, en ella, es que junto a los culpables deben de haber muerto muchos inocentes, pues ya sabemos que uno de los aspectos más siniestros de nuestro sistema penal es que los reos pueden languidecer en las cárceles sin ser juzgados o aun habiendo cumplido sus sentencias, por simple incuria burocrática. Y es, de otra parte, muy grave que, durante las operaciones militares, ninguna autoridad civil ni representante alguno del Poder Judicial hubiera estado allí presente, para exigir que -aun en esas circunstancias difíciles- las fuerzas militares actuaran dentro de la ley. Uno de los actos más celebrados de su gobierno fue el haber afirmado la autoridad del poder civil sobre las Fuerzas Armadas, requisito primordial de cualquier sistema democrático. Deploro y estoy seguro que muchísimos peruanos lo deploran conmigo, que en estos sucesos aquella autoridad civil haya brillado por su ausencia.
Es también muy grave que haya usted permitido la incautación de un órgano de prensa, El Nuevo Diario. Tal vez es cierto que este periódico desinformaba, mentía y alentaba la subversión. Pero, si era así, la obligación de su gobierno era denunciarlo ante el Poder Judicial, no cerrarlo manu militare. Cerrar periódicos no son métodos de la democracia sino los de una dictadura.
No necesito decirle, pues sin duda usted lo sabe, lo que esta matanza va a significar -significa ya- para la imagen de nuestro país en el exterior. Desde luego que los enemigos de la democracia aprovecharán esta tragedia para, exagerando y calumniando sin escrúpulos, decir que el Perú es ya una dictadura sangrienta y usted mismo un genocida. Eso tampoco es verdad y creo que es mi deber, y el de todos los peruanos que queremos salvar la democracia en el Perú, cerrar el paso a esas operaciones de desprestigio internacional promovidas por el extremismo no para corregir nuestra imperfecta democracia sino para destruirla. Como lo he hecho en el pasado, ahora también haré cuanto esté a mi alcance para hacer saber al mundo que esta tragedia es un revés y un error -sin duda graves y lamentables- pero no el suicidio de nuestra democracia o, como han comenzado ya a propalar sus enemigos, su 'bordaberrización'.
Me permito exhortarlo, en nombre de principios que, pese a todas las diferencias que podamos tener, compartimos, a no ahorrar esfuerzos, para impedir que lo ocurrido sea aprovechado por quienes, desde uno u otro extremo quisieran ganar posiciones, empujando a su gobierno a adoptar políticas que no son aquellas, moderadas y de consenso, por las que votaron esos millones de peruanos que lo hicieron a usted Presidente. Tan grave como ceder ante quienes, aplaudiendo la matanza de los penales, quisieran verlo a usted dar carta blanca a una represión indiscriminada y feroz contra el terrorismo, sería, ahora, para contrapesar de alguna manera el traspiés cometido, que su gobierno emprendiera una demagógica campaña contra los países occidentales y la banca internacional -el 'imperialismo'- para reconquistar la aureola de 'progresista' empañada por la matanza. Cualquiera de ambas posturas sería, más que una concesión, una claudicación democrática de la que se perjudicaría aún más de lo que está nuestro pobre y maltratado país.
No voté por usted en las elecciones, como es de dominio público. Pero desde que usted tomó el gobierno he visto con simpatía y a veces admiración, muchos de sus gestos, juveniles y enérgicos, que me parecían revitalizar nuestra democracia tan enflaquecida estos últimos años por culpa de la crisis económica y la violencia política y social. En esta carta no quiero sólo dejar sentada mi protesta por algo que considero un terrible error. También, mi convicción de que por trágicas que hayan sido las consecuencias de él, usted sigue siendo el hombre a quienes los peruanos confiaron, en mayoría abrumadora, la tarea de salvaguardar y perfeccionar este sistema de paz, legitimidad y libertad que recobramos en 1980. Su obligación es sacar adelante esta misión, a pesar de todas las amenazas y los errores.
Mario Vargas Llosa
Lima, 22 de junio de 1986