miércoles, 18 de septiembre de 2013

Muerto y desabrigado

Basilio aterrizó la tarde del viernes en Lima con una sonrisa ansiosa. Como planeaba quedarse solo ese fin de semana y regresar el lunes a Estados Unidos, tomó el primer taxi para no perder tiempo y enrumbó a la casa de sus padres. Tenía una agenda apretada: el sábado era la fiesta de reencuentro de la universidad, y el domingo, el gran almuerzo familiar.
Tras la bienvenida de doña Elsa y don Eladio, Basilio dejó su maleta en el cuarto de huéspedes y consultó dónde podía guardar su pasaporte, su pasaje de vuelta, sus dólares. “Dentro de cualquiera de los ternos del clóset de tu papá, es el lugar más seguro de esta casa”, aconsejó doña Elsa.
Esa noche comieron los tres. Al día siguiente Basilio acudió a la fiesta de la universidad, de donde regresó divertido, agotado. El domingo transcurría de lo más plácido, con los primos y tíos reunidos en torno suyo. Nadie se percató del momento en que don Eladio se retiró a descansar a su dormitorio, fastidiado por un dolorcito en el pecho. Cuando lo encontraron media hora después, ya no respiraba. Un infarto le había fulminado el corazón.
“Al menos estuviste aquí cuando sucedió”, consolaba doña Elsa a Basilio el lunes, al regreso del entierro en el Presbítero Maestro. Al llegar a casa, Basilio preparó su maleta. Tenía casi todo listo cuando preguntó: “Mami, dónde está el terno en el que dejé mis documentos”. “¿Cuál era?”, replicó ella, temiendo escuchar lo que oyó a continuación. “El azul marino de botones dorados”, contestó el hijo. Ella se puso pálida: “No puede ser. Con ese terno enterramos a tu padre”.
Luego de explicar el insólito caso ante los boquiabiertos representantes de la Beneficencia Pública —que administraba el camposanto—, Basilio fue informado de que el trámite para retirar el bloque de cemento de la tumba de su padre demoraría treinta días. Imposible —pensó—, si me quedo un mes me botan del trabajo. La otra opción —comprar un pasaje, duplicar el pasaporte, tramitar una visa excepcional— le tomaría, cuando menos, cinco días útiles. No le iban a dar permiso.
Basilio reunió a sus primos para buscar una solución. Una botella de whisky empezó a circular en la mesa, mientras se barajaban alternativas. Ricky, el primo mayor, se puso de pie y dijo tajante: “Vamos al cementerio esta noche, abrimos la tumba y sacamos los papeles. No hay otra salida”. Basilio se negó de inmediato; le parecía un acto inmundo, asqueroso, imperdonable. Cuatro whiskies después, sin embargo, acorralado por los otros primos que ya habían hecho suyo el plan de Ricky, aceptó a regañadientes.
Eran las 11 de la noche cuando llegaron al Presbítero. Treparon uno de los muros y recorrieron dos, tres pabellones, seguros de estar cerca del lugar donde esa misma mañana habían enterrado a don Eladio. Una vez que dieron con la tumba, ubicada en el primer nivel, se cuidaron de la presencia de algún guardián. Ricky empezó a golpear con una piedra el endeble bloque de cemento fresco que separaba al muerto de los vivos. Basilio, que se había mantenido al margen, de pronto irrumpió resuelto, valiente: “Déjame terminar a mí, Ricky. Es mi viejo”. Los primos abrieron el semicírculo. Basilio martilló con todas sus fuerzas y cuando el cemento cedió, todos se quedaron petrificados en una mueca de incredulidad y espanto. Dentro de la tumba, don Eladio yacía calato. No había ataúd, no había terno, no había documentos. Se lo habían robado todo. 
(Renato Cisneros)