jueves, 19 de septiembre de 2013

Por ti. (Unión Civil)


Escribe: Laura Arroyo

Enojada. Triste. Agotada.

Es injusto.
Estoy cansada de verte así. De saber que en cualquier momento me escribirás o llamarás por la misma injusta razón y te darás de cara con mi impotencia y mis palabras vacías porque, lamentablemente, no hay nada que pueda decir que te haga sentir mejor, lo sé. Porque me bronqueo con la realidad como tú.
Estoy harta de que me digas que tus viejos te dejaron de hablar porque confesaste, con una valentía tremenda, que eres gay. Estoy harta de que me digas que pudo ser peor porque a otro de nuestros amigos lo botaron de casa, así sin más. Me siento hasta ridícula al decirte “no es nada malo” cuando tienes a congresistas, medios de comunicación y opresores disfrazados con sotana diciendo que lo natural es el matrimonio entre un hombre y una mujer, que eres un enfermo y que no mereces ningún derecho.
Me angustio cuando veo que al menos 20 niños se han suicidado en el Perú víctimas de bullying, víctimas del calificativo frecuente: gay (afeminado, marica). ¿Qué derecho tienes tú de joderlo? ¿Quién te ha dicho que ser gay es un insulto? Me angustio también, sí, cuando andamos por las calles acompañados de tu pareja, retorciéndonos de la risa porque esos encuentros son divertidos, y de pronto te estampa un beso ante la mirada de desaprobación de los transeúntes. Me angustio porque recuerdo que hace unos meses, por eso, les gritaron mil cosas en la calle: “¡¿qué te pasa imbécil!?”, grité como si sirviera de algo. De nada. Yo sé que te has ido acostumbrando a ese rechazo. Eso es lo que me molesta más: Que te acostumbres a esa injusticia.
Me da rabia cuando voy a las marchas por los derechos LGBTI o a cualquiera de las actividades que realizan y veo siempre las mismas caras, salvo algunas contaditas excepciones. Me da rabia porque sé que no es una lucha de los mismos, debiera ser una bandera de todos. Me enerva el estereotipo, que caricaturicen tu opción en la tele, la radio, los periódicos, algunas obras de teatro, etc. Ese estereotipo termina siendo, al final, tan perverso como el abusivo del salón de clases.
Me dan vergüenza los argumentos en contra de la unión civil para todos. Desde creer que se “arruinará la institución del matrimonio” (sic), como si la proliferación de divorcios no fuera una realidad, sino un espejismo en mi cabeza, hasta creer que un niño “necesita” tener un padre y una madre (hombre y mujer, respectivamente) en casa. ¿Por qué no declaramos ilegal que existan padres o madres solteras pues? Francamente.
Me da también rabia la señora que me topo en la panadería y que, preocupada, me dice que está bien el amor pero no el escándalo. “¿A qué se refiere, señora?”, le pregunto serena. Y me dice que los homosexuales que quieran amarse lo hagan en privado, que nadie lo prohíbe. ¿Pero eso no es justamente una prohibición? ¿Por qué puedo yo, por ser heterosexual, vivir en público mi pasión y ellos no? ¿Qué me hace a mí, mi abrazo, mis besos y mi agarrada de mano, tolerable? ¿Y quién habla de amor? Aquí se habla de derechos y de igualdad para todos. Es lo mínimo.
Por eso estoy a favor del matrimonio igualitario. Sí, matrimonio, no me vengan con sandeces terminológicas. Si se llama “matrimonio” para heterosexuales (así sea un “estado laico”, ¡valga el entrecomillado!), que también se llame así para todos. Si se quiere debatir sobre el “matrimonio” como institución en general, todo bien, pero ese es otro debate. Aquí el tema es de igualdad. Incluso para abrir el debate, primero igualemos a los actores. El proyecto presentado por Carlos Bruce es, por eso, un primer paso que saludo. Uno que debemos dar. No el fin, el primer paso. Vamos por él.
Porque estoy harta de abrazarte sin ningún resultado concreto. Porque estoy harta de escucharte y de sentirme impotente. Porque no quiero que el plan de juerga de los fines de semana deba ser en ciertas discotecas amigables, quiero entrar contigo a bailar en todas. Somos iguales tú y yo, mi opción sexual y la tuya es lo de menos. Porque sudo, sufro, siento, río y lloro como tú, no me importa un cuerno que digan que “el Perú no está preparado”, como si fuera un argumento válido. Los que tenemos que estarlo somos nosotros. Y lo estamos. Por mí pero sobre todo por ti, esta vez. Este será mi más fuerte abrazo. Te prometo que luego nos vamos a celebrarlo. Te lo prometo.