miércoles, 11 de septiembre de 2013

11 de septiembre - CHILE



Por: César Hildebrandt

El 11 de septiembre que creció y siempre vuelve como mala hierba en mi memoria es el de 1973, cuando la maquinación salida de la Casa Blanca terminó con La Moneda en llamas y Allende suicidándose para no tener que sufrir humillaciones.


Yo tenía 25 años y estaba convencido de que el socialismo en paz, y sin dictadura, podía ser posible. ¿Allí no estaba el ejemplo de Chile?



De pronto, una mañana, como en un poema de Neruda sobre la guerra civil española, todo ardía en Chile.



La marina traidora, la aviación presidida por un loco que se creía nazi, los carabineros del general rastrero, todo apuntaba al pecho de Allende, que lo único que había intentado era poner las cosas en orden y hacer que los ricos compartiesen más y que los pobres dejaran de pensar que sus harapos eran destino y su hambre condena.



Pero Nixon, el canalla, y Kissinger, esa bolsa de bosta, tramaron desde el primer día liquidarlo. Para eso contrataron asesinos (los que mataron al general Schneider), bancaron a los camioneros, le pagaron a la Democracia Cristiana, le dieron grandes sumas a El Mercurio, azuzaron a Patria y Libertad, hablaron con cuarteles y cuevas, con ductos y palacios, y sentenciaron a Allende.



Aquella mañana del 11 de septiembre de 1973 estuve desde muy temprano en la embajada de Chile. La cara del embajador, un socialista entrañable, lo decía todo. Esta vez no iban a fracasar. Esta vez matarían toda esperanza.Y así, de ese musgo sangriento, salieron Pinochet y Milton Friedman, el cardenal Silva Henríquez y la gentuza de "Ercilla", las AFP y los sindicatos rotos. Y salió -no lo olvidemos- el modelo liberal de economía.



Jamás lo olvidemos: en Chile fue posible implantar el paraíso empresarial bajo el terror y el crimen. Como en el Perú de Fujimori. Por eso es que a mí me da el ataque de la risa cuando aquí los liberales hablan del "Estado míni¬mo". Un "Estado máximo" y sin escrúpulos, con el fusil en la mano, les sirvió la mesa de la que comieron hasta hartarse. No les diré "provecho" como hace tanta prensa.