jueves, 11 de julio de 2013

Pobres exitosos

Por: Renato Cisneros Renato Cisneros
Los solitarios y los diabéticos jamás serán exitosos de verdad. Eso se desprende del spot de una cerveza peruana que asegura que el auténtico éxito está determinado —entre otros dudosos indicadores— por la cantidad de abrazos que uno recibe, o la ilusión que nos despierta una torta de chocolate.
Con imágenes de un compadrazgo etílico que discurre por locaciones ruidosas, el comercial delinea el identikit de los “triunfadores” de esta época: los que son estrujados, apapachados, levantados en hombros; y aquellos cuya sensibilidad solo les da para conmoverse ante un postre o una caída de agua.
Lo triste del comercial es que contrabandea una idea que ya no solo es patética, sino profundamente engañosa: el éxito solo te ocurre si estás rodeado de gente. Así, por ejemplo, se nos precisa que el hombre es exitoso si “da besos intensos” o si su mesa está atestada de amigotes. Ergo: si no tienes a nadie a quien besar, ni una mancha de contertulios, eres un perdedor, un fiasco.   
En realidad, el mensaje ni siquiera es culpa de la cerveza, ni de la publicidad. Es el modelo general, que se ha acostumbrado a reseñar la vida con definiciones empresariales. Éxito, metas, visión, realización, grupo. Como si uno fuese, no un sujeto con necesidades disímiles, algunas abstractas y complejas, sino una mype en angustiado proceso de reingeniería.
 
Siempre creí que el “éxito” tenía menos que ver con los logros y más con la manera en que uno intenta conseguirlos. Llámenlo pasión, empeño, testarudez o disciplina. Pero eso era antes. Ahora sospecho del “éxito”. Dudo de su importancia. El vocablo ha perdido su sentido original —proviene del latín “exitus”, que significa salir—, pero además ha adquirido un ridículo matiz aspiracional, convirtiéndose en una palabra vacía, hueca, tan muerta que no soportaría una autopsia semántica porque ya no significa nada.