martes, 5 de junio de 2012

YO RECUERDO BAGUA


MANTRA POLÍTICO. Bagua: Tres años y la lección que no hemos aprendido

Foto: Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH)
“El tema de fondo, es la confrontación de dos visiones del Perú; una visión neoliberal del gobierno que piensa que es a través de la venta o concesión de la propiedad de la tierra y los recursos naturales, que se crea valor; y una visión que proclama la defensa de la Nación, de los recursos naturales, de la propiedad privada individual y comunal…”
-11 de junio del 2011, mensaje al país del ciudadano Ollanta Humala a pocos días de la masacre en Bagua-

Para muestra el video:

Cambie usted el nombre de Bagua, por el de Conga o Espinar, o por el próximo conflicto que resurja el siguiente mes, y la historia será similar. Los peruanos ─especialmente los que gobiernan el país─ seguimos sin aprender la lección. Los conflictos socioambientales siguen aumentando en número y en intensidad, y lo que es peor, seguimos fracasando en realizar una mejor gestión o manejo de dichos conflictos. Han cambiado las caras de las autoridades y funcionarios gubernamentales pero continúan las mismas ideologías y visiones de desarrollo de los últimos gobiernos de turno, a pesar que el actual mandatario fue elegido bajo la promesa de la “Gran Transformación”. La actual política del gobierno deja en claro que nada de eso se ha cumplido ni se va a cumplir.

¿Por qué siguen aumentando los conflictos sociales? En junio del 2009, el mes que estalló, casi literalmente, la Curva del Diablo en Bagua, el reporte Nº 64 de la Defensoría del Pueblo registraba 128 conflictos socioambientales, de los cuales 110 se encontraban en estado activo y 18 estaban latentes. Casi 3 años después las cifras han aumentado. El reporte Nº 98 de abril del 2012 de la Defensoría, registra 145 conflictos socioambientales, de los cuales 123 están activos. Los conflictos socioambientales ocupan el  59,7% del total de conflictos registrados en abril. Es decir, seis de cada 10 conflictos están relacionados a la presencia de industrias extractivas en territorios de poblaciones o comunidades indígenas. ¡Seis de cada 10! Una tendencia creciente, y lo peor, sin visos de solución a corto plazo.

El incremento de los conflictos refleja que lamentablemente no hemos aprendido la terrible lección que nos dejaron los sucesos trágicos de Bagua: 34 personas asesinadas, entre ellos 24 efectivos policiales y diez civiles. Seguimos dando la espalda a la Amazonía, a los Andes y enfocando las políticas de desarrollo prioritariamente hacia las grandes urbes. Las autoridades siguen aplicando de manera vertical ─y poco intercultural─ una visión de desarrollo basada en el extractivismo, que se estrella frontalmente contra la visión de estrecho vínculo con el medio ambiente que poseen las comunidades indígenas (“El agua, la tierra, el aire, el bosque nos pertenecen”, me decía recientemente un nativo de la etnia yine en Sepahua, Ucayali). Más allá del debate sobre cuál es la visión que debe implementarse, el problema es la forma hegemónica, de dominación con la que se pretende imponer una de estas visiones.

En Bagua, la población estuvo bloqueando la carretera Fernando Belaúnde durante dos meses, sin que el gobierno de Alan García les hiciera caso. En Espinar, Cusco, el alcalde local, las ONGs y otras autoridades venían alertando sobre el tema desde hace meses. ¿Qué es lo que falló en el diálogo? ¿Hubo un respeto intercultural de los funcionarios limeños del MINAM hacia la cosmovisión o forma diferente de percibir el problema de los representantes de la población de Espinar? Y aquí no estoy haciendo apología al mito del “buen salvaje”. Es solo llamar la atención sobre la importancia de un verdadero diálogo  intercultural en el país. Un diálogo que ayude a recuperar la confianza y frustración que se ha ido acumulando durante décadas de vida republicana.

Días después de la masacre en Bagua, Alan García tuvo una frase desafortunada que refleja la carencia de enfoque intercultural que tuvo su gobierno: “…400 mil nativos (no le pueden decir) a 28 millones de peruanos…”  ¿Acaso esta frase no significa excluir a los nativos de la peruanidad? ¿Acaso los nativos de la Amazonía no pertenecen a ese cúmulo de identidades, complejidades y contradicciones que llamamos “peruanidad”? Esa frase contenía una carga semántica donde García retrataba la situación como si fueran 400 mil nativos versus 28 millones de peruanos. Aquellos “otros” contra nosotros.

Tres años después, esta misma forma de pensar sigue campeando entre algunas autoridades como Oscar Valdés, quien utilizó una frase del historiador Jorge Basadre para calificar las actuales protestas: “El Perú debe cuidarse de los podridos, los congelados y los incendiarios”, una frase que echa más gasolina al fuego en lugar de invitar al diálogo. Esta forma de pensar también se replica en líderes empresariales de la CONFIEP que recientemente declararon que “las protestas son una reacción contra el Perú, no es contra el gobierno, es contra todos los peruanos”, como si la población de Espinar o de Cajamarca no fueran peruanos. Los que protestan también son peruanas y peruanos. Y precisamente por sentirse excluidos es que protestan. ¿Hasta cuándo seguiremos tratando a las comunidades nativas de manera vertical? ¿Hasta cuándo seguiremos viviendo de espaldas a la Amazonía y a la Sierra del Perú? ¿O acaso somos tan insensibles que estamos esperando otro Bagua para despertar nuevamente?