lunes, 25 de junio de 2012

RESILIENCIA


 Por: Ernesto de la Jara

Unos cincuenta alumnos de la Pontificia Universidad Católica entran a una clase sobre justicia y descubren a un intruso. ¿Alguien ha tenido –pregunta el profesor– algún familiar que haya sido víctima de una violación de derechos humanos cometida por el terrorismo o por algún policía o militar? Nadie levanta la mano. Con ayuda, se pone al frente de la clase una persona alta, vestida con un impecable terno azul. Comienza su testimonio. 

Yo siempre quise ser policía. Como al comienzo uno está dispuesto a darlo todo por su institución, a los 21 años, en plena época del terrorismo, acepté entrar a la unidad de desactivación de explosivos. Estuve allí cuatro años. En ese tiempo vi a muchos morir o quedar mutilados. Cuando me enteré de que mi esposa estaba embarazada, solicité mi traslado. En una de las últimas veces que salí en misión escuché una explosión. Me pregunté quién habrá sido la víctima esta vez. Al sentir que la cara me quemaba, me di cuenta de que era yo. Todos sabíamos que en este tipo de situación lo mejor era salir muerto. Con mucho esfuerzo, logré sacar mi pistola para quitarme la vida, pero la imagen de mi esposa embarazada me detuvo. Recorrí mi cuerpo y pude sentir que tenía la cara destrozada. Pido disculpas por no poder contenerme, pero no podía creer cómo estaba mi cuerpo. Días después, mi esposa me dijo que me había quedado ciego.

Los alumnos habían guardado un silencio sepulcral y habían logrado concentrar su mirada solo en el invitado. ¿Cómo trataron de curarlo?, preguntó uno. He tenido once cirugías en la cara y cinco en los ojos. Gracias a influencias conseguí ir a Colombia, donde me salvaron el 15% de un ojo, pero solo por los primeros diez años. ¿No tenían trajes de protección? No, solo íbamos con nuestros uniformes, porque esos trajes especiales valen como veinte mil dólares. Pero lo peor era que ni siquiera nos daban de comer. Nos mandaban conservas malogradas, por lo que teníamos que ir vendiendo partes de nuestros uniformes para poder sobrevivir. ¿Qué recibo ahora? Una pensión mínima que hace meses ni se nos paga. Concluye diciendo que por lo menos está vivo. Recibe un aplauso fuerte de la clase que lo alegra.

En otra ocasión los invitados fueron niños –hoy ya adultos– sobrevivientes de la matanza de Accomarca, cometida por el carnicero de los Andes, Telmo Hurtado. Una mujer comienza su testimonio en quechua, traducido en simultáneo por otra sobreviviente.

Era de noche y estaba en mi casa con mi papá, mamá y hermanitos. Entró al pueblo una patrulla militar, como otras veces. Nos ordenaron ir a la plaza. Mi papá me dejó con mis hermanitos. Al poco rato comencé a escuchar gritos de las mujeres y luego disparos. Nuestras casas comenzaron a ser incendiadas con todos los que estaban adentro. Todo el pueblo lloraba a gritos. Cuando me salí por atrás pude ver cómo tiraban a los niños al fuego. Me salvé porque pude esconderme en una acequia. Las seis personas que estaban en el aula como invitadas comienzan a llorar.

¿Eran ustedes senderistas?, pregunta un alumno. Los senderos hacían que les diéramos comida, y si no lo hacíamos nos mataban. Y lo mismo pasaba con el ejército. ¿Qué les han dado por lo que les pasó? Nada. Ahora hemos venido para el juicio y queremos que se nos reconozca, ya no a nosotros sino a nuestros hijos, para que puedan estudiar. Los aplausos hacen que los invitados se rían.

Conclusión: Barbarie contra barbarie. Admirablemente sobrevivientes (resiliencia), pero con un proyecto de vida perdido injustamente. Todo hubiera sido diferente si el derecho humano a la vida hubiera sido respetado por todos frente a todos.