miércoles, 20 de junio de 2012

Más pasión que razón


Escribe: Jerónimo Centurión

Por más columnas, discusiones y análisis que pueda haber realizado durante la pasada campaña electoral, debo admitir que mi voto por Ollanta Humala tuvo un importante componente emocional. Si me hubiese detenido a comparar sus distintos planes de gobierno, su preparación académica y, sobre todo, aquello llamado partido nacionalista, las dudas me hubiesen asaltado. Mi voto fue apasionado. Imaginar al fujimorismo gobernando mi país de manera tan campante, me estremecía. Yo, pese a ser escéptico, racional y desconfiado, me puse la camiseta.

Esa es mi historia. Pero, en Arequipa, Cusco, Puno, ciudades que visité casualmente durante la pasada campaña electoral pude ver con asombro que mi emoción era nimia. La ilusión que despertó Humala fue indescriptible. Mujeres y hombres de todas las edades vibraban al verlo. Lo consideraban una suerte de Mesías de los pobres, un justiciero cobrizo que por fin los escucharía y velaría por sus intereses.

“Viva el agua”, “Gobernaré para los más pobres”, “No a los oligopolios”, “Pondremos en su lugar a las transnacionales”. Con estas y muchísimas otras frases, gestos, gritos y miradas, Humala se ganó nuestro voto. Antes de asumir la presidencia, el expremier Salomón Lerner me dijo que veía en Humala una suerte de brillo o luz que lo ayudaba a conectar con la gente. Según sus dirigentes de campaña, Lerner se queda corto, para ellos Humala era el líder que el Perú, desde hace muchas décadas, necesitaba.

Queda claro, que más que un romance, la relación entre Humala y sus electores fue intensa y apasionada. Sin embargo, apenas Humala consiguió su objetivo, la pasión se le comenzó a diluir. “Comenzó a entrar en razón”, dicen algunos. “Nadie cumple lo que promete”, dicen otros, y los más agudos indican que “para cumplir las promesas se necesita inversión y eso está por encima de todo”.

Lo llaman traidor. Y eso es bastante grave. La traición desde la antigüedad es considerada una de las peores faltas. Es, además, el único caso en el que la actual Constitución contempla la pena de muerte. Pero antes que tremendistas mejor sigamos siendo románticos. Lo concreto es que la pasión dio pase a la calma, luego a la indiferencia y hoy las calles y las encuestas nos confirman que aquel refrán que dice que “del amor al odio hay solo un paso”, es cierto.

No se trata de asumir una posición pasiva, ni de cambiar el modelo económico, ni de oponerse a la inversión privada. Nada de eso. Se trata de sentir que no nos están engañando otra vez, se trata de mantener la confianza, se trata de construir juntos un Perú mejor. Durante la campaña y sus primeros meses de gobierno, Humala y su primer gabinete repitieron una y otra vez la palabra “inclusión”.

Hoy, luego de 12 personas muertas debido a los conflictos sociales, tenemos un presidente que prioriza sus giras al exterior para tratar de entender por qué su gente protesta; y un premier de perfil fujimorista. El gobierno se encuentra en una complicada encrucijada: o asume su conversión a la derecha y se enfrenta a la gente que votó por él (como le pide un sector que lo rodea) o recapacita. Nos explica qué le pasó, se lava la cara y comienza su segundo año de gobierno con la cara lavada.

Para suerte de Humala no existe “otro” en nuestros corazones, no hay ninguna izquierda organizada, ni alternativa seria que capitalice este descontento. Lo que vemos en Cajamarca y el Cusco es la lógica decepción, la misma que comienza a reflejarse en las encuestas. La pelota en su cancha, Presidente, todo, aunque no lo crea, depende de usted.