martes, 5 de junio de 2012

EN MEDIO DEL ARROYO. La gran resurrección, ¿es posible?



Caricatura: Carlos Tovar (La República)




Ayer en la mañana la congresista Verónika Mendoza renunció a la bancada de Gana Perú, gesto que se esperaba de varios congresistas que durante las últimas semanas se habían atragantado de sapos luego de que el presidente al cual apoyaron, y apoyó una mayoría de peruanos el año pasado, renunciara “de facto” a su hoja de ruta.

A la renuncia de Mendoza le siguieron dos que estaban tan cantadas como postergadas: la deJavier Diez Canseco y la de Rosa Mavila. No es ilógico pensar que en los próximos días más personajes se sumen a esta ola que desnuda lo que se hacía obvio: a poco menos de once meses de asumido el gobierno, ya está desgastado.

Aunque Fredy Otárola, quien antes que vocero del oficialismo hace de líder de un optimismo ciego, busque negarlo haciendo uso de recursos discursivos tan falsos como “bancada sólida”, “radicalismo ético”, etc. Para nadie, ni para el mismo presidente Humala, es ajena la necesidad de un reajuste (ojo, no reacomodo) en el gobierno. Porque una cosa es negarlo o cerrar la boca frente al problema, y otra es tragárselo. Dudo muchísimo que el presidente no se haya preguntado aunque sea por un minuto “¿lo estaré haciendo bien?” Dudo también que aunque parezca no importarle, las renuncias de hoy no le hagan algo de bulla.
Sin embargo, la convulsión de estos primeros meses ha sido tan fuerte que lo que necesita el gobierno de turno es una “Gran Resurrección”. Pero esto implica costos.

Como varios analistas coinciden en señalar, en el manejo (porque no se puede decir “resolución”) de los conflictos tanto en Cajamarca como en Espinar se ha visto una mano dura y represiva por parte del Estado que no sólo es peligrosa, sino que va in crescendo. Ollanta Humala podría optar por recrudecerla, pero ello implica un enorme costo para todos pues estaríamos hablando de un gobierno que saldría del cauce democrático para empezar a priorizar la violencia antes que el diálogo. Sin duda, más de un personaje en el gabinete ministerial aplaudiría esta opción. El país, sin embargo, sufriría las consecuencias de una polarización y lucha constante entre unos y otros. El problema es que cuando no se da prioridad al diálogo, la lucha entre partes sólo deja lugar al enfrentamiento entre la fuerza de unos y la fuerza de otros, y se dejan de lado las demandas de fondo. La palabra es silenciada a balazos.

La otra opción, sin embargo, es también costosa para el presidente, pero resulta más sensata al mediano plazo: volver los ojos hacia ciertos ex aliados. En la entrevista concedida a “Domingo”, el ex premier Siomi Lerner deslizó esta opción al señalar que algunos personajes de la derecha también estarían de acuerdo con el retorno de  ciertos personajes de la izquierda. Con esa idea, Lerner le estaría dando a Humala el mensaje de que aún trayendo de regreso a los amigos, ahora alejados, de Ciudadanos por el Cambio no perdería el apoyo de sus nuevos amiguitos de la derecha.

Pero, ¿qué implica este reajuste? Aceptar que se equivocó rotundamente al alejarse de estos amigos de campaña. De hecho, implica aceptar que se alejó diametralmente de quienes lo acompañaron en el momento en que el cargamontón mediático buscaba borrarlo de la escena electoral. Es más, implica también admitir que se apartó mucho del Humala candidato.

Sin embargo, ese costo es menor y a estas alturas parece hasta necesario. Han pasado poco menos de 11 meses y el desgaste del actual gobierno parece no tener precedentes. Los dos gabinetes ministeriales son sólo la punta del iceberg. La credibilidad y aprobación del mandatario son endebles, la decepción entre sus votantes crece sistemáticamente y esta decepción es también el caldo de cultivo de más conflictos.

La pregunta es si el señor Humala será capaz de poner a su ego en la congeladora y admitir errores. Un cambio de rostros en el gabinete no basta a estas alturas para recuperar todo el terreno perdido en tan poco tiempo. Se necesitan mea culpas y cambios de ruta o, mejor dicho, regreso a la Hoja de Ruta que de tan pisoteada parece haberse borrado.