miércoles, 12 de junio de 2013

"Tula Rodríguez / LA VENUS QUE BAJÓ DEL CERRO"

tula
Un texto de ELOY JÁUREGUI
1.
Debo confesarlo. Soy admirador de Tula Rodríguez más que de Maricarmen Marín o de la recordada Paola Ruiz, charapa con marido y que era chistoso. Sabía que Tula era una mujer que avanzaba al caer del día. Una noche la esperé fumando en una calle de Miraflores. Si no fuese por mi olfato a gato techero con vademécum de cazador casi se me pasa. Tula se parece a cualquier mujer peruana que aplana las calles de la urbe. Al verla yo no creí que era esa mujer que me provocaba fiebres en mis sueños húmedos y ella tampoco que era yo ese cronista galán que la citó por teléfono.
Cierto, en aquel tiempo, ella tampoco lo podía creer. «Me saco la mierda desde la 6 de la mañana chambeado», así le decía a su maquilladora. Y ya era vedette, actriz, presentadora de televisión y empresaria de un emporio popular de uñas y manicure. Ayer no más tenía programa propio en la televisión y fue especial su trabajo en una de las series más populares de la Frecuencia Latina representando a la mujer del cantante Chacalón. Luego había participado en casi todas las película nacionales que han intoxicado a los peruanos orgullosos de su PBI y ahora es Mercedes, una vecina del Callao, emperatriz de las polladas bailables y figura de la miniserie Las vírgenes de la cumbia que obviamente no incluye a Lourdes Flores Nano.
Tula Rodríguez sabe que su estructura cárnica no tiene nada del otro mundo y por eso gusta aunque vaya contra la lógica del apetito de esos machista: «Las peruanas deben ser tetonas y culonas». Mientras Bombón, Burbuja y Bellota, Las Chicas Superpoderosas conquistaron al cine con una delirante mezcla de animé, baba lisérgica, sexo y harta grasa rijosa, ella, la Tula, decretó el fin de la ideologías y que la xenofobia era una suerte de sexofobia sólo si el asunto era por detrás .  «Y no te digo mis medidas porque ayer estuve en una anticuchada», así me dice mientras se retoca las pestañas.
La primera fue Janet Barboza. Digo la primera mujer no rubia ¿cobriza? y no la refulgente Laura Huarcayo, hembra mediática neoleonada. Janet, la cajamarquina de rulos eclécticos, había subyugado el paradigma racial. Se aceptó entonces que «Las cholas también son ricas» y no sólo «aguantadas» como sentenciara el tristemente célebre dúo filosófico Servando-Florentino. De esta y no de otra manera existía un erotismo nacional. Una hija de Huaynapoto podía ser tan o más apetecible que una garota de Lebrón –de esas triple X– o esas rubias con aceite de avión, Daysi Araujo o Irina Grández . Era harto conocida la delectación por un tipo de hembra de estructura atiborrada a lo largo y ancho del territorio nacional. Cierto señora, usted dirá que no existe «lo nacional». Pero en cuestiones de la libídine, déjeme darle por el otro lado y contradecirle.
Aquí, en San Borja, en Bambamarca y al ingreso de Huachipa.  De eso se trata, que Tula Rodríguez, Leysy Suárez, Karen Dejo, Maricarmen Marín, Giovana Renjifo, Maricela Puicón, Carolina Infante, Mónica Cabrejos, Jackie Castañeda, Danuzka Zapata, Gladys Troncones, Emily Vargas, Genesis Tapia, Katty Rojas, Julissa Polanco, y otras damas a quien no nombro por razones más obvias que de sabiduría personal, pertenecen a la generación Janet Barboza. Aquella que recargó la libido de la choledad a la reivindicación de la completísima comezón oriunda.
2.
Tula que jamás soñó ser vedette ni hetaira griega, es la típica hija del pueblo. Hoy sostén de una familia sin padre seguro y que ha trasladado a su plebe –gracias al contoneo de sus caderas—a un departamento de La Molina donde la vecindad la muerde pero no la traga. Cuando llega al anochecer, apurada y gana la puerta de artistas del teatro Canout, Tula Gabriela Rodríguez Quintana, peruana, 34 años, hija ilustre del distrito de El Agustino, no parece ser aquella otra mujer que se luce en las iluminadas marquesinas del teatro miraflorino.
Allí está la vedette, de tanga y muslos turgentes, de elegancia cárnica y trasero agravado, de mirada paroxística e imaginado jadeo. Acá, avanzando por el callejón oscuro y rumbo al vestuario, está la otra, la mujer peruana en jean, chompa y casaca de camélido oriundo, sin maquillaje como esa sombra que habita en la sonrisa de la otra que anhela estar a un lado para volver poco a poco a la sombra que la ilumina.  Yo era otra mujer. En ese entonces me contaba que para ser figura se levantaba a trabajar antes de las seis de la mañana porque hace gimnasio, corre, desayuna tostadas y lecturas descafeinadas, y vuela en su Toyota al canal y que tenía que salir sin mayor ensayo en lo de «Utilísima» y hace radio y luego ensaya para la siguiente obra, que te juro mi amor, es una sorpresa, y le suena el celular una y otra vez y que ahora sí sueña aunque duerma poquísimo y eso está mal, ya le dijo su médico y que ya no será jamás esa mujer silenciosa y solitaria, resignada a la cárcel del fregar ollas, peruana aturdida contemplando su vida pequeña, incolora y vacía.
Vida de instantes felices, penumbra segundona clavada al reducido ámbito de lo doméstico, la casita en la cumbre del neoarribismo y el ajuar encofrado como premio al doloroso sacrificio de ese matrimonio obligado con ardor y sin amor. Su primer sueldo fueron 400 soles en 1993 cuando luego de pasar la prueba con su «agente de modelos», llámese Rolando Oré o Javier Soriano, la invitaron a probarse en “Risas y Salsa”, programa líder del calatísmo y el cachondeo nacional. Tula sabía que lo único bueno a sus 15 años era su cola y una mañana de miércoles junto a su madre, doña Clara Quintana, llegó hasta el teatro Westers, hoy iglesia cristiana Agua Viva y en pantaloncitos calientes se puso a bailar «No te quites la ropa», aquella salsa de Luis Enrique como lo hacía en las fiestas del barrio, y los ojos y dedos sabios de Guillermo Guille, un argentino de pupila lujuriosa, se dijo para sí, está es la chola que me faltaba.
3.
Tula Rodríguez pertenece a la generación “Cholitas aguantadas”. Y por esos años todavía no tenía el mote de la “Peludita”. Por eso le costó un mundo llegar a la altura de Deisy Ontaneda y Gabriera Rivera o Karen Dejo o ahora Karen Schwarz,que es mi favorita–la una blanca, la otra canela, la otra panetela— y le costó más no sólo por chola sino por escolar. Llegaba ojerosa a sus clases de matemáticas y se despintaba las uñas verdes mientras escuchaba a la monja de religión. La directora llamó a su madre. ¿O estudia o vive de noche? les dijo inclemente. Tula lloró la mamá también. No había papá y esa plata del baile servía para los cuatro hermanos. La comezón de ser popular le quemaba la piel. Las ganas de no ser como las amigas del barrio, la mayoría con guaguas y sin DNI, le trenzaba las tripas.
Entonces le rezaba a la Virgen del Carmen y le fregó no tener fiesta ni viaje de promoción. Qué linda hubiera aparecido en la foto, con su barrito, el lunar colgado a la izquierda y esos pechos tarifa plana aún pequeñitos.  La raza como masa. Pese a que las divas más famosas de la televisión no son ni cholas ni mujeres. Pese a que el travestismo y el mariconaje se oponen a la peruana-tipo, la vedette estándar luce hoy facciones híbridas. Ni rubias ni negras, mejor, mestizas o sacalaguas. Tula Rodríguez no es Mónica Cabrejos –aunque las dos se hayan “vivido” con futbolistas–, su riqueza es entreverada y promiscua en el buen sentido de la palabra.
Hay una hembra-tipo de engranaje patriótico que existe como  modelo y que responde el siguiente axioma: Estatura mediana, cabeza regular, cuello corto, pechos turgentes, quebradura catarática de columna, nalgas sinuosas, caderas curvas, muslos abombados, pantorrillas opulentas, pies erguidos, talones saltones. Esa es. Aquellas que jamás aparecerán en la revista COSAS ¡Qué cosas tiene la vida!
Es esplendor de pollada y magnificencia barrial. Su genoma ético se yergue en los fastos del lumpenaje. Su utopía es el ascenso social no importa el medio ni la pose. Sé es vedette si hay orgullo vecinal. La foto en el diario, su heroica vida secreta en la pantalla. Su melodrama es su destino. Su fama es el auto del año, la ropa chancho y sus contratos nada privados. Su marido, el pelotero. Su país, el que se merecen. Preguntada-diga si está contenta de haber nacido en el Perú, esta vecina de la cuadra 12 de la avenida Riva Agüero en la Corporación El Agustino dijo rotundamente que sí e insistió que estaba orgullosa de haber nacido junto a un cerro. Que había viajado a Japón y otros países parecidos y que sufría harto porque extrañaba el cuy chactado, la chanfainita y el cau-cau.
4.
Pero Tula vio realizado su sueño hacinado. Aquello de la historia de la ex vedette que enamora, cautiva, le hace corralito al bobalicón de su gerente. Y hora Tula Rodríguez es recreada en la ficción de la telenovela “Avenida Perú” del inefable Michel Gómez. Tula personifica a una calatista y se enamorará de un importante ejecutivo, tal como le pasó en la vida real con su sonado romance con el gerente de televisión, Javier Carmona. Tula da vida a una mujer de bajos recursos económicos que se enamorará de un hombre de negocios. De esta manera marcará su retorno a la actuación. La telenovela tendrá el estilo de “Los de arriba y los de abajo;” es decir, basada en los conflictos y amores entre pobres y ricos.
Pero Tula no es arribista. Es alpinista. Mucho antes, cuando exhibía sus muslos embutidos de lujuria también se enamoró de un gerente en la miniserie “Los del barrio”, que es 2008. Ahí vivió un triángulo amoroso con Orlando Fundichely y Christian Domínguez. Además, como buena mujer ambiciosa cierta vez le tiro ojo al arquero Juan “Chiquito” Flores, un deportista que según las malas lenguas sufre de un paquete descomunal que hasta el dicen “La tercera pierna”: Tula aguanto a pie juntillas las ventajas de “Chiquito”: Éste contó que ella era insaciable y que hablaron muchas veces de matrimonio. Sin embargo, la madre de la ‘Peludita’ nunca estuvo de acuerdo con la relación. Además, reveló que ella siempre le repetía que nunca estaría con un hombre con hijos. ¡Lee y comparte!
No soy chismoso ni metiche pero recuerdo que Tula confesó una vez que Flores olía mal. Ante ello, el futbolista dijo: “Yo no voy hablar mal de ella porque fue mi pareja, no me lo esperaba que hablara eso. En su momento, habló también sobre los planes de boda con Rodríguez. “Si hablamos de eso –cuando estuvieron juntos–, pero ella estaba con lo de su negocio. No se concretó por su mamá”, resaltó, no sin antes recordar que la ex vedette siempre se enojaba con él por tener como amigo a Carlos Cacho. Vaya, tremendo culebrón y de los gruesos.
 5.
Soy chola y bien peruana, subrayó pero no tengo nada que ver con Laura Bozzo o Martha Chávez. Ellas también son peruanas pero de otra laya. Cuando el cronista insistió en quebrantar su patriotismo interrogándola en que otro país le hubiera gustado nacer, la entrevistada, ahora ya en ropa interior y respondiéndole al espejo quedó muda por un instante, apagó el celular y despacito respondió: en el Brasil, es que sabes, me gusta todo lo tropical, la playa, el sol y el ritmo ¿En Cuba? No ahí no, no me gusta Fidel, sostuvo.
Cuando le pidió al cronista que se voltee porque se iba a calzar la tanga, Tula alcanzó a responder que con su trabajo aportaba al ánimo del país porque lo suyo era trasmitir alegría y ganas. ¿Ganas? Sí, ganas de vivir con buen ánimo. Los peruanos no nos reímos a carcajadas desde hace buen tiempo. En el recordado «Utilísima» motivo a las amas de casa, en «Risas de América» a los maridos de las amas de casa. En «Chacalón» a los cerros de la marginalidad. En el teatro, a los amigos íntimos de los amos y amas de casa. Cierto, lo dijo con malicia, con esa picardía que tiene el cromosoma de la esquina trajinada cuando habita en el tuétano del deseo. Y luego, en «Las Vírgenes de la cumbia», a los onanistas producto del síndrome Agua Bella.
¿Lees? le insistí. Tula me quedó mirando. Leo los avisos clasificados, ¿cómo se llama ese? Paulo Coelho. ¿Sabes? No doy para la lectura. Ahora trabajo 18 horas y hay veces que me «voleteo». Gano lo suficiente. Vivo en La Molina pero estoy por comprarme un terreno para construir una casa para toda la familia. Y aquí comenzó a responder sobre los tres deseos de todo peruano. Dijo: Primero. Que quería que los nacionales tengan trabajo. Segundo. Que vivan en un estado de paz interior. Tercero. Que su familia sea feliz ¿Cómo? Que estudien, que consigan realizarse, que nunca se peleen. ¿Y el Perú? Le insistí. Lo dijo rápido: «Es un país pobre pero con gente que tiene una inmensa riqueza en el corazón». Y dígame señora, no está buena la chola.
(Fragmento de un texto del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS que será publicado en julio del 2013.)