martes, 4 de junio de 2013

Asu Mare y el amor de Zavalita

Pocos han advertido la frescura con que la película aborda asuntos sociológicamente tan difíciles como el clasismo y el racismo en el Perú.
POR GONZALO ZEGARRA MULANOVICH
“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”Mario Vargas Llosa, Conversación en La Catedral
La célebre pregunta sobre cuándo se jodió el Perú acaparó siempre la atención mediática e intelectual, hasta constituirse en referente obligado para casi cualquier reflexión sobre el país. Pero su comprensión flotaría incompleta sin su inmediato y genial prolegómeno: la enunciación del desamor en la mirada hacia la avenida, la ciudad, el Perú todo. Porque si mirar la avenida hizo pensar al personaje que el país estaba jodido, difícilmente podría merecer ese país una emoción mejor que el desamor. Así lo han sentido los peruanos por décadas. Aunque la Av. Tacna –uno de los puntos más contaminados de la urbe– es tan (o más) imposible de amar ahora como hace 60 años, hoy se discute si el Perú se desjodió o está en camino a desjoderse. Y yo me pregunto si  Zavalita miraría a Lima y al Perú con idéntico desamor; me pregunto, en fin, si los peruanos amamos al Perú un poquito más que antes.
A falta de constataciones empíricas –explícitas encuestas de opinión– me aventuro, quizás algo temerariamente, a interpretar a partir de algunas expresiones de cultura popular y no tan popular. El boom de la gastronomía –he sostenido antes– es en realidad sólo la punta del icebergde la progresiva construcción de una autoestima basada en la constatación de que hay cosas en las que sí competimos –con éxito– en las grandes ligas mundiales (Columna Los nuevos consumidores). Por eso cualquier cuestionamiento sobre la superioridad de la comida peruana genera hipersensibilidades incluso comparables con las que desatan problemas como el de procesar las heridas que nos infligió el terrorismo (Columna Autoestima, gastronomía, terrorismo). La novelaCIA Perú, 1985 del escritor y diplomático Alejandro Neyra –full disclosure: es mi amigo– me ha hecho concluir que la ironía y el humor pueden ser un buen remedio para abordar asuntos incluso tan dolorosos como las cicatrices que nos dejó la subversión. Resulta notable cómo el autor se desplaza divertidamente por esos vericuetos sin incurrir en el desatino ni la insensibilidad.
Algo parecido hace la hipertaquillera y controvertida película Asu Mare.  En las últimas semanas se ha discutido sobre su éxito comercial y sus (para muchos inexistentes) virtudes artísticas. Se la ha usado incluso como argumento en la discusión sobre las pretendidas cuotas de producción nacional para el cine y la radio. Pero pocos han advertido la frescura con que la película aborda asuntos sociológicamente tan difíciles como el clasismo y el racismo en el Perú, dos heridas que también requieren cicatrizar para que termine de cuajar la autoestima de los peruanos (Columna Baño de nanas). Reírse y hacernos reír sobre estos complejos psicológicos es un paso para desacomplejarnos y creo que los peruanos estamos cada vez más dispuestos a hacerlo. Sospecho que en algo contribuye lo anterior al avasallador éxito del film. Aunque critico su desfachatado narcisismo y su edulcorado tono edípico, reconozco que Asu Mare tal vez refleje algunas de las cosas por las que los peruanos de hoy miramos, ya no la Av. Tacna sino acaso el conjunto habitacional de Mirones, con un poquito del amor que a Zavalita no le nacía.