miércoles, 19 de junio de 2013

¡Gracias, Madiba!

Por Ronald Gamarra:

Mandela está muy enfermo. Africano universal, Gandhi de nuestro tiempo, maestro de quienes luchan en todo el mundo por la libertad, la dignidad y los derechos del ser humano. En mi grupo de amigos, en IPRODES, lo veneramos, y en estos días hemos pensado con gran afecto en él. Mi amigo José Carlos Agüero ha escrito:
Mandela logró hacer de su lucha en un país ajeno, un punto de referencia cultural. Por su experiencia, porque él existe, sabemos que es posible la libertad, aun en las peores condiciones. Que se puede resistir y en ese proceso, cambiar, evadiendo la tentación del rencor, la revancha o la excusa del fracaso, la excusa del débil. Que no hay que ser un santo para decir paz, que un hombre común también la dice, y le sale mal, y sobre sus espaldas no dejará de haber culpas y dolores.
El orden de las cosas es como vivir sin tener mucha consciencia, presintiendo que en algún lugar hay una foto que guarda la memoria de tu familia. Nunca la ves. Parece no tener ningún valor. Pero si alguna vez es destruida, si cuando al fin la buscas, ha desaparecido, algo se quiebra. Era un soporte callado de tu mundo.
Eso es Mandela en su casa. Dios bendiga a Mandela. Bendiga a África. Y de paso, nos bendiga.
Nkosi, sikelel' iAfrika

Malupakam'upondo lwayo
Yiva imitandazo yetu
Usisikelele.
Yihla Moya, Yihla Moya,
Yihla Moya Oyingcwele

Dios bendiga a África.
Bendice a sus líderes.
Sabiduría, unidad y paz.
¡África y su gente!
Señor, bendice a África.
Escucha nuestra oración y bendícenos.

Así canta el himno nacional de Sudáfrica, del cual se reproduce aquí un fragmento, pero que está escrito y se canta en xhosa, zulú, sesotho, afrikaans e inglés, todo junto en el mismo texto. Mi amigo Carlos Landeo escribe:
¡Dios bendiga a África: sabiduría, unidad y paz! Himno hermoso y sencillo. Le bastan mil voces conmovidas y una discreta trompeta para expresar la generosidad frente al maltrato, la sensatez ante la perversidad, la vocación de paz cósmica ante la tentación de la venganza.
Cuánto de todo esto nos ha enseñado Mandela con su vida. Yo lo quiero como a un Gautama de nuestro tiempo, como a un Jesús, como a un Francisco de Asís. Si existe la santidad, debe ser así: humana, falible, llena de caídas, pero generosa y perseverante; despojada de toda pretensión de sobrenaturalidad, de aquella divinidad que las religiones y su clero –o su comité central– vienen a organizar y a imponer luego.
Que la ciencia no le haga hoy lo que ayer le hizo el apartheid en décadas de cautiverio que nunca se detuvo a lamentar, por dedicarse a construir la nación de todas las tribus y colores del arcoíris. Todas las vidas han de terminar, pero la suya es de aquellas, privilegiadas, que nos dan ánimo y ejemplo por generaciones, más allá de la muerte.
Así es como queremos a Mandela en este pequeño rincón del mundo; así es como aman en el mundo a Madiba, nombre hogareño con que lo conocen en su aldea natal. Gracias, Madiba, por tu ejemplo y tu espíritu.