martes, 29 de mayo de 2012

La red y el juego de las identidades


Por: NELSON MANRIQUE  Nelson Manrique

La navegación en red crea un espacio virtual en el cual se despliegan las tensiones y conflictos que atraviesan a la sociedad real. Por una parte, existe discriminación social; por otra, se idean maneras de burlarla. Entre éstas, es interesante el uso de identidades inventadas, que pueden funcionar en tanto no exista un intercambio de video en tiempo real.
Roberto, poblador de El Retablo, de 21 años, considera que conocer a alguien por Internet es más fácil que hablar con quien ves por primera vez y no conoces: “La gente que se mete en un chat quiere conversar, conocer gente, entonces están ahí para hablar ¿no?”. A él le agrada conocer gente de diferentes países y lugares: “Puedes conversar con ellos como si fueran de por aquí, aunque siempre hay gente que se mete para hablar de sexo, para molestar no más”. A él le gusta la apertura de las muchachas extranjeras: “Hy chicas de afuera que hablan o te preguntan normal sobre sexo, drogas y cosas que normalmente no hablan (aquí) las chicas con los hombres”. Pero el paraíso de la comunicación no está abierto para todos: “Una desventaja es que cuando dices que eres peruano hay gente que pierde el interés”.
Hace años Ludwig Huber constató en Huamanga que los jóvenes ayacuchanos que frecuentaban los chats tenían hacerse pasar como limeños o como extranjeros para ser aceptados como interlocutores por las chicas limeñas (Consumo, cultura e identidad en el mundo globalizado. Estudio de caso en los Andes. Lima: IEP, 2002). Lo mismo les sucede a los jóvenes de estratos populares limeños en relación con las chicas extranjeras. Es diferente el caso de jóvenes de barrios acomodados, con un fenotipo más europeo, que no encuentran barreras visibles para entablar relaciones amistosas y/o sentimentales en red.
Roberto dice que le gusta presentarse como es, pero no siempre: “Normal digo que soy morocho, que tengo 21 y que no soy muy alto, pero a veces no digo que soy peruano y digo que soy argentino, pues ni a las peruanas les gustan los peruanos”. La deteriorada autoestima nacional puede sin embargo encontrar compensaciones si se sabe buscarlas: “A mí nunca me ha gustado mentir sobre mi aspecto, yo soy así y en Europa les gustamos así”.
La experiencia de William muestra otras facetas de la cuestión: “A veces digo cómo soy, mi edad, mi color de piel, pero otras veces cambio sólo de edad o de aspecto ... Si es una argentina de 24 años, no le voy a decir que soy peruano, medio chato y que tengo 21 años, ¿no? En cambio si hablo con alguien de Ecuador o Bolivia, normal pues. Aunque siempre cambias algún dato”. Aparentemente los jóvenes peruanos están en desventaja con relación a los de los países más europeizados, y sólo pueden entablar una conversación con una chica de un país como Argentina inventándose una nueva identidad, lo cual no es necesario si se trata de gente de países de su propia región, que comparten homólogamente un lugar inferior en la escala de prestigio social.
La alternativa de inventarse una nueva identidad en las redes es un camino de doble vía, pues también las interlocutoras pueden engañar sobre la suya: “De ella sólo sabes lo que te escribe o cuenta, que puede ser falso ¿no? Uno no sabe”. Esto puede terminar en un chasco: “Puedes pelarte porque la flaca con la que estás chateando resultó ser un cabrito”, señala Wilber.
La experiencia de Roberto, cuando decidió construirse otra identidad para hablar con una chica que conoció en el chat, ilustra los equívocos y ambivalencias de la situación: “Entré a chatear una vez y empecé a conversar con una cubana que vivía en Miami, así que me presente como argentino y estuvimos conversando de sexo. La conversa estaba tan paja que no me di cuenta de que se me había acabado el tiempo de alquiler y la plata, así que le dije a ella que tenía que irme y le pedí su mail y ella me lo dio.

Normal, nos escribíamos y nos encontrábamos por el Messenger, me gustaba mucho hablar con ella. Manya que semanas después me encontré con una chica a la que afanaba en la academia pero que no había ingresado, así que la había dejado de ver, le pedí su correo y era el mismo que el otro. Era ella, mi amiga que vivía en Santa Anita era la cubana, no le dije nada pero le dejé de escribir”.

Aparentemente se sintió engañado…