viernes, 18 de mayo de 2012

GRITOS DEL SILENCIO




En la comunicación a veces olvidamos que el silencio puede ser tan elocuente como las palabras. Lo que decimos nos define, nos revela ante los otros, pero aquello que callamos también lo hace. Sobre todo cuando se trata de aspectos fundamentales sobre los que deberíamos pronunciarnos. Porque el que calla no solo otorga, a veces esconde, a veces niega, también defiende y frecuentemente apaña.

Siempre he pensado que mi distanciamiento de la Iglesia Católica, más que de la religión, ha tenido que ver con contradicciones entre lo que sus autoridades o estatutos señalan y lo que los seres humanos necesitan. Su sanción al amor entre personas del mismo sexo a quienes consideran enfermos, su satanización del placer casi en todas sus formas, sobre todo sexuales; su apego a las formas y ritos y su desapego del alma, y la culpa… la asquerosa culpa como mecanismo de sometimiento. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, creo que más grave me parece aquello sobre lo que la iglesia ha decidido callar.

La Iglesia Católica, a la que se supone pertenece más del 90 por ciento de nuestra población, no tiene pronunciamientos firmes contra la discriminación. No hay campañas al respecto. Nunca he visto al cardenal Juan Luis Cipriani indignarse por los miles de casos de racismo en el Perú. Tampoco lo he escuchado llamarle la atención a uno de esos feligreses que llevan a sus empleadas a misa pero las hacen sentarse en las bancas de atrás. Jamás ha señalado que es un despropósito que para casarte por religioso en determinados templos lindos de San Isidro, Miraflores y el Cercado de Lima hay que pagar más de 500 o 700 dólares. Porque el sacramento del matrimonio será obligatorio, pero la ceremonia nice está reservada solo para los que tienen plata.

La cantidad de horas hombre que invierte el cardenal Juan Luis Cipriani para hablar de líos legales con la Universidad Católica, o de las Fuerzas Armadas, o de lo comandos Chavín de Huántar, bien valdría la pena que los dedicara a pronunciarse en contra de la violencia que sufren las mujeres o el maltrato del que son víctimas los niños. Pero no. En menos de dos semanas hemos escuchado a monseñor Bambarén pedir la pena de muerte para terroristas sin se escandalice por un pedido que contraviene los principios básicos de la Iglesia y también hemos asistido espantados a la confesión de un cura que violó a un muchacho de 14 años sin que el tema ameritara más pronunciamiento que un frío comunicado. Ya hubiera querido el escolar que el primado de la Iglesia se hubiera indignado con la virulencia que sí le suscita la interpretación del testamento de Riva Agüero sobre los bienes de la PUCP.

Por eso resulta inaceptable la decisión del arzobispado de impedirle al padre Gastón Garatea que oficie misa en Lima. Por eso resulta indignante que a Garatea, una de esas voces limpias en la Iglesia, uno de esos líderes espirituales que hacen que uno recuerde que la religión católica es hija de la misericordia y no de la soberbia pretendan silenciarlo. Porque a Gastón Garatea no lo están callando por lo que suele decir, lo están castigando porque sus palabras ponen en evidencia la prepotencia de los que se escudan en el silencio. (Patricia del Rio)