jueves, 9 de octubre de 2014

Una cultura psicopática

Por: Jorge Bruce
El avance de la corrupción en el Perú, confirmado por los resultados electorales, es tan grave y complejo que exige interpretaciones interdisciplinarias. En Lima, por ejemplo, se han elegido autoridades cuyas credenciales delincuenciales han sido exhibidas de múltiples maneras: videos, audios, fotos, documentos, etcétera. Varias de estas personas se han hecho reelegir en más de una oportunidad, alguna por quinta vez. Nadie ha sido, entonces, sorprendido. Se ha tratado de una decisión a sabiendas. Como bien han señalado diversos observadores, esto no es exclusivo de un grupo social determinado. La tolerancia, incluso la identificación con la corrupción, es transversal. ¿Significa que nuestra sociedad es intrínsecamente psicopática?
La psicopatía se caracteriza por la ausencia de empatía afectiva (el psicópata sí posee empatía cognitiva: sabe lo que sientes pero no puede ni quiere sentirlo), carencia de escrúpulos, escaso sentimiento de culpa y un pragmatismo que hace de los otros meros peldaños para su ascenso personal. En un reciente artículo publicado en el diario inglés The Guardian, Paul Verhaeghe, un psicoanalista belga estudioso de la cultura contemporánea, plantea esta hipótesis: “30 años de neoliberalismo meritocrático favorecen estos rasgos de personalidad y penalizan otros”. Es decir que este sistema económico produce tanto cambios de valores –el éxito a cualquier costo convierte a la solidaridad en un estorbo– como de personalidades. No estamos solos.
Sin duda, hay una racionalidad tras la decisión de un contrabandista de Juliaca que vota por Aduviri, pues este ofrece neutralizar a los organismos del gobierno central que obstaculizan su actividad. De la misma manera que un usuario agradecido de los hospitales de Solidaridad está dispuesto a hacer la vista gorda con Comunicore. Y un trujillano desesperado con la inseguridad prefiere, como ya se adelantó en esta columna, un alcalde sospechoso de comandar escuadrones de la muerte. O un empresario acaudalado para quien Pinochet o Fujimori tuvieron un balance largamente positivo, pues no se hacen tortillas sin cascar huevos. El problema es que dicha racionalidad es incompatible con la noción de ciudadanía y bien común. De imperio de la ley y democracia.
Pero un modelo económico siempre va a fomentar modelos de personalidad que le resulten funcionales. Y en función de la estructura de la sociedad en cuestión, esto se va a manifestar con mayor o menor intensidad. Más aún en una región tan desigual y fragmentaria como la nuestra. Así, las observaciones de Verhaeghe, inevitablemente eurocéntricas (vinculadas a un Estado sólido), no pueden ser aplicadas mecánicamente en un país tan diverso, como decía Arguedas. Pero sí pueden resultar útiles para entender algunos comportamientos, a los que no tiene sentido descalificar, pues lo útil es analizarlos y procurar entenderlos. Sostengo que no es suficiente con afirmar que son racionales –lo son. Es preciso ir más allá de esa racionalidad, si se quiere explorar este proceso no de pérdida, como suele afirmarse a la ligera, sino de cambio de valores culturales.
No basta con hacer reformas políticas. Es imprescindible reflexionar acerca de las consecuencias de un modelo económico que propugna un darwinismo implacable. El modelo invade nuestra intimidad, pero nuestra intimidad puede resistir y retrucar. Si les suena a teoría conspirativa, es porque la paranoia es otra de las patologías favorecidas por la época. LA REPUBLICA