miércoles, 1 de agosto de 2012

El valor del rating


Por Jerónimo Centurión 

Aunque su campaña promocional intentó relacionar la palabra “valor” con coraje, valentía y honestidad, el programita de moda llamado El Valor de la Verdad alude directamente al dinero: ¿Por cuánto dinero estás dispuesto a que tanto tú, como tu familia se sientan humilladas en televisión nacional?

Hay gente que dice que todo es falso, que el programa conducido por Beto Ortiz es un montaje, al mismo estilo de Laura Bozo. Yo no lo creo. Aunque lo preferiría.


Desde una perspectiva liberal, la televisión tiene como eje el entretenimiento, y qué mejor horario para un show de estricto divertimento que los sábados a las 11 de la noche.

En ese sentido, observar a los integrantes de una familia mintiendo en público por dinero puede ser interesante. Verlos fingir asombro, tristeza o decepción por mil dólares puede ser divertido para el televidente y un negocio rentable para este grupo familiar y sus amigos, quienes tienen completamente claro en qué terreno se mueven.

Lamentablemente, sospecho que no estamos en el terreno de la ficción. La producción entrevista a decenas de personas y elige a la que peores dramas tiene, con los secretos más bizarros. Así, en las últimas semanas, hemos visto cómo la prensa nacional le viene dedicando titulares a la joven que terminó siendo prostituta, a otra que sentía vergüenza de sus padres y vendió su virginidad y esta semana “la prensa” comenta el aborto e intento de suicidio de nuestra icónica Susy Díaz.

Lo que el programa de Ortiz hace con éxito es demostrarnos la doble moral que tenemos. El indiscutible “éxito” de su programa es directamente proporcional a nuestro morbo más básico. Pero, sobre todo, a nuestra ausencia de moral.

No estamos ante el registro de un drama real a niveles morbosos, ni de un hecho policial amarillo. Este programa produce la humillación familiar, calcula al detalle la respuesta que generará mayor dolor o vergüenza en la madre, padre o novio del entrevistado y allí está la cámara atenta para registrar la reacción.

Ni siquiera Laura Bozzo, el paradigma de lo peor de la televisión, llegó tan lejos. Sus historias eran falsas, al igual que sus peleas. El conflicto giraba entonces en torno a la veracidad de los casos. Solo un par de veces alcanzó el morbo que cada sábado nos plantea El valor de la Verdad y fue con una secuencia llamada “hago todo por dinero”. Estos programas extremos, en los que vimos a gente lamiendo axilas por dinero generaron tanta indignación (y rating) que fueron el principio del fin de la Bozzo en el Perú.

Hoy el morbo es menos explícito, digamos que es más elegante, pero el resultado es igual de indignante. No se trata del valor de decir la verdad ni de la liberación que esto implica, como dice Ortiz en un acto supremo de ironía, sino ¿por cuánto dinero estás dispuesto a humillarte y a tus seres queridos de manera pública?

No me atrevo a proponer censuras ni controles que muchas veces son peores que la propia enfermedad, pero sí creo que debemos meditar al respecto. ¿No merecemos una mejor televisión? ¿En países como el nuestro, donde la educación está en crisis permanente, no debemos estar un poco más atentos a los contenidos de medios que usan una frecuencia estatal? ¿Es necesario que se muestre una teta o se diga una lisura para calificar un programa de inmoral? ¿No es un criterio demasiado superficial? ¿Qué viene pasando con el autocontrol y, ante esto, qué rol debe cumplir el Estado?