sábado, 1 de marzo de 2014

"Que robe pero que haga obra!"


Casi desde que tengo uso de razón, he escuchado quejas sobre lo tolerantes que somos los peruanos respecto de la corrupción. “Robó pero hizo obra” es una frase que indigna a muchos (y a mí también).  En este entretenido post de Lapicero Digital sobre Tarapoto, Silvio Rendón nos da otra versión de esta actitud. Silvio reproduce en un momento esta conversación:
- Después de Belaúnde a quien aquí se quiere es a Fujimori. Si se vuelve a presentar, gana.
- ¿Por qué?, le preguntamos.
- Porque acabó con el terrorismo. Aquí hemos sufrido mucho por el terrorismo.
- Pero, le replica un miembro de nuestro grupo, Fujimori no era sólo corrupto, era un gángster.
- Sí, pues, pero muchos han sido corruptos y mentirosos. Yo también digo mentiras, pero él hizo algo bueno.
Silvio no hace mayores comentarios pero sin duda este diálogo es muy interesante. Algunos verían aquí una irreparable debilidad moral de los peruanos, es decir, que hemos aceptado la corrupción como modo de vida y por tanto ya no nos interesa corregirla.

Sería una tarea muy difícil lograr entender completamente a quienes sostienen que “no es tan malo” ser corrupto, o que se puede perdonar a los corruptos si estos, en el ejercicio del poder, han “hecho obra” o han “trabajado por los pobres”. Sin embargo, podemos al menos tratar de entender mejor a qué se refieren realmente quienes sostienen que la corrupción no es tan mala siempre y cuando el gobernante corrupto “haga obra”.
Cuando una persona sostiene que el político corrupto “hace obras”, sobre todo por los más pobres, significa en realidad lo siguiente: “Ese político hace algo por mí.” Y aquello que el político hace por quienes le otorgan el apoyo político consiste en el reparto de alimentos, el otorgamiento de crédito barato para la construcción de viviendas o la condonación de deudas. Puede, además, tratarse de la construcción de obras de infraestructuras muy vistosas (pero a un costo excesivo, debido a la sobrevaloración de las obras), obras que gustan a muchos sin aparentemente importar cuánto costaron.
Que los políticos trabajen por los pobres (y no solo por los pobres) es ciertamente deseable. Pero ello no significa que el trabajo del gobernante deba consistir en seguir políticas asistencialistas o en llevar a cabo obras de infraestructura sobrevaloradas. Las políticas asistencialistas y la corrupción no permiten que los países solucionen sus problemas económicos y sociales más importantes. Ciertamente, no permiten la reducción de la pobreza. La asignación de recursos de manera ineficiente puede lograr algunos (o muchos) votos, pero mantiene a la población en la pobreza.
Lamentablemente, en nuestro país (como en muchos otros países) muchos no entienden que la corrupción no solo es inmoral, sino que además tiene efectos bastante negativos en el desarrollo económico. Como ya hemos sostenido en esta columna, la corrupción afecta severamente las bases mismas de la sociedad. En una sociedad corrupta, las tasas de inversión son usualmente bajas, el crecimiento de largo plazo es lento y gran parte de los recursos públicos son canalizados a las cuentas de las autoridades corruptas, no a mejorar la capacidad productiva del país. En estas circunstancias, ¿no deberían ser justamente los más pobres quienes apoyen a los políticos honestos y pidan más bien un castigo severo a los corruptos?