lunes, 13 de junio de 2016

Fuerza Popular frente al fujimorismo

Fuerza Popular frente al fujimorismo
Fuerza Popular se victimiza. Los agravios de campaña están latentes. “Hay heridas”, dicen, sin voltear la página después de un proceso que deja sabores agrios. Serán oposición, sin participar de los consensos. Enfrentarán los retos inmediatos de gobernabilidad comportándose como rivales. Junto al Frente Amplio y antimineros dirán, como en campaña, que Conga y Tía María no van, cuando el próximo gobierno decida retomar el tema. Sus liderazgos tendrán nuevos acomodos. Algunas coordinaciones regionales serán removidas, sin mayor margen para modificar la dinámica que le dio 32% de votos emitidos válidamente en primera vuelta, y todavía sin nuevos vientos aireando el polvo de la derrota.
La política —como la amistad y cualquier asociación— se construye con objetivos comunes y cediendo posiciones. La unidad se vitaliza con esperanzas, con sueños compartidos que son, como dice el congresista Héctor Becerril, “un sueño que se pospone” en Fuerza Popular. Con dos derrotas, el juego político no acaba. Sin embargo, otras fuerzas actuarían al interior del partido de Keiko. Los fujimoristas de la persecución —de las reuniones clandestinas en la avenida Tacna y Petit Thouars— no tienen el parecido con los de reciente cuño. Un fervoroso fujimorista provinciano —víctima del terror, orgulloso del chino— poco o nada en común tiene con el recién llegado, con mando y poder. La lealtad de los fujis provincianos es mayor a don Alberto.
Las aguas seguirán movidas. La militancia romperá con las imposiciones de Joaquín Ramírez y sus hombres de confianza, militantes de ocasión en todas las regiones. El sueño de Becerril será pesadilla no solo para Fuerza Popular, sino además para su mayoría en el Congreso y para la gobernabilidad nacional. Las elecciones regionales y municipales motivarán disputas internas que sangrarán al fujimorismo por una candidatura. Los desplazados y ninguneados esperan reclamar derechos.
¿De qué valió tanto esfuerzo?
Los fujimoristas provincianos sueñan con la libertad del ex presidente. Sus sudores tuvieron ese objetivo. Para ellos, Alberto Fujimori fue víctima de una cruel persecución que lo llevó a la cárcel. Procesos judiciales manejados políticamente que, al terminar en el Tribunal Constitucional, cerraron todos los candados para salir por la puerta grande. Queda indulto o iniciativa parlamentaria. Queda en manos de Pedro Pablo Kuczynski. 
Ya no caben explicaciones de por qué Kenji Fujimori no votó por su hermana. Por conciencia, dicen unos. Su padre está preso, con sentencia casi de por vida y con la voluntad inmediata de PPK de no indultarlo. ¿Qué escenarios maneja Kenji para llevar a su padre a casa? ¿Una solución política, una ley que Fuerza Popular no avalaría? Para bien o para mal, el fujimorismo sin Alberto Fujimori pierde identidad y se queda sin historia, sin logros que mostrar y sin esencia, vacío y desleal, convertido en una maquinaria electorera más, sin líderes asumiendo el deber de dirigentes.
Perú es más que una elección, más que la libertad de un ex presidente, más que insultos —“cobarde” y “narcotraficante”— que dolieron a ambos contrincantes de la segunda vuelta electoral. Un proceso electoral que se espera sirva de lección. No fue ejemplar, ni participaron los mejores, ni se impuso la democracia interna. Cargado de descontroladas lenguas regocijándose de sus maldades, de cajitas de fósforo, tapers y sobres con dinero distorsionando la voluntad popular, empeorando la institucionalidad en pañales. Si esto no cambia, no cambia el Perú.  

Manuel Gago