lunes, 21 de septiembre de 2015

¿QUIÉN SERÁ EL PERIODISTA MATÓN.... ?


RAÚL TOLA

Uno de los mayores logros de nuestra sociedad de los antivalores es la aparición del «periodista matón», un personaje que pulula por redacciones, estudios de radio y sets de televisión, haciendo alarde de una prepotencia y unas maneras que diariamente atentan contra las normas de cualquier libro de estilo periodístico.

Al periodista matón no le gusta que lo contradigan ni lo pongan en evidencia. Cuando alguien le demuestra con argumentos razonados que sus afirmaciones no tienen sustento, son imprecisas o francamente impresentables, no entra a debatir: se defiende atacando. Ignora el fondo del asunto, y siempre insulta, menosprecia, descalifica o ataranta, para distraer la atención. El resultado son columnas de opinión, programas de televisión y espacios de radio que más parecen peleas de perros, donde se intercambian ladridos, y casi no se discuten ideas. Para el periodista matón, algo debe quedar claro: el otro siempre empezó.
El periodista matón tampoco tiene la sana costumbre de pedir perdón. Hacerlo le parece una abdicación, una muestra de debilidad, una mariconada. Si le toca dirigir un medio escrito, lo evita del modo más sencillo: elimina el apartado de cartas de los lectores, y no publica rectificaciones. 

Las contadas veces que reconocerá una equivocación —cuando es flagrante, y su director lo obliga—, lo hará entre bajezas, culpando a otro, o dejará claro que sus errores son una tontería, comparados con los de los demás.

Cuando uno de sus «aliados» cae en desgracia —el periodista matón se precia de no tener «amigos» en los medios—, su espíritu de cuerpo es conmovedor, quizá pensando en las adversidades de su propio futuro. 

Suele ser de derechas, y la palabra «liberal» solo tiene connotaciones económicas. Puede denunciar a los políticos, pero nunca a un posible auspiciador. Defiende su trabajo con los dientes, y solo se enfrenta a su director cuando cuenta con el favor del dueño. Si tiene un conflicto de intereses se lo calla, y muchas veces está relacionado con empresas de lobby, cuando no son suyas.
Faltaría un espacio más amplio para enumerar las demás singularidades del periodista matón, pero no puede obviarse la más saltante: su absoluto desprecio por la verdad. Como cree que las noticias son armas arrojadizas, las publica según le llegan, con tal de perjudicar a sus «enemigos». No acostumbra cotejarlas, ni dudar de sus alcances, ni sospechar de sus fuentes. Buenas investigaciones pueden echarse a perder por este proceder. Todo vale con tal de ganar esta guerra, que para él es ejercer el periodismo.
Para cualquier país medianamente civilizado, los periodistas matones serían excéntricos o marginales, o estarían seriamente cuestionados. En cambio, la sociedad de los antivalores los ensalza, admira y aplaude, y estimula su aparición. Incluso las élites del país los premian, otorgándoles un buen número de los lugares de privilegio en las encuestas del poder.